La ciudad de los canales, de los interminables paseos en bici, de las instantáneas hechas al trasluz donde los filtros no son necesarios, sin duda, la más hipster. Esta vez no relataremos una manida retahíla sobre monumentos y sitios clasicones, esos ‘must see’ que visitar, sino que aludiremos a los lugares con más chispa y los planes más cool. Si olvidara su maquinilla de afeitar, que no cunda el pánico no hay nada más hipster como una buena barba. Y si tuviera pocas prendas de muda, no se alarme, las camisas de su amado, le irán perfectas. Ámsterdam, Hipsterismo en estado puro.

Empezaremos abriendo boca degustando la mejor tarta de manzana de la ciudad, deliciosa fusión de sabores. Un bocado contundente que podemos encontrar en el hotel Winkel. Parada obligada. Con el estómago lleno podemos dirigirnos al museo más original de Ámsterdam, ‘Museo de nuestra señora del ático’, con ese nombre no puede dejarle indiferente. Enmarcado en una antigua iglesia clandestina cuando los calvinistas prohibieron el culto católico.

Si se han quedado con el gusanillo de qué es esto de “hipster”, adéntrense en el café que se lleva la palma en términos hipsterianos. Latei, diminito y hasta agobiante pero no por ello menos fascinante. Mire al techo y deléitese con las decenas de lámparas colgantes, o contemple los cuadros de punto de cruz donde reconocer a los personajes de su dibujos animados favoritos, por último deguste un delicioso café mientras lee los nombres de los juegos de mesa que hay apilados en sus estanterías y reviva los más evocadores recuerdos. Un café muy al estilo de Alicia en el país de las maravillas.

No sólo por sus pelirrojas barbas, Van Gogh sería hoy día uno de los artistas hipsters por excelencia. Estilo propio y alternativo a la hora de pintar y una imagen entre lo country, moderno y leñador. Museo Van Gogh, un imprescindible hipsteriano.

Ámsterdam y sus canales

Al viajero hipster le gusta el arte, el diseño, las letras… Por eso queremos hacer una parada en esta libería de viajes, Pied à terre. Coja algunos libros, un mapamundi con forma esférica y piérdase por los rincones más remotos. Aquí sólo está permitido soñar despierto.

Si tiene intención de convertirse a la moda hipster, deberá armarse con una cámara reflex, conocer los mil y un efectos que un teleobjetivo puede hacer y considerar que Instagram es sólo para aficionadillos. Es hora de presentarle Foam, uno de los museos de fotografía más interesantes de Europa. Lo mejor, el museo ofrece una buena muestra de talleres y comentan que en el café de la planta baja se mueven las más grandes tertulias fotográficas. Para más inri, Foam es una editorial que cuenta con revista y libros de autor.

Pero no seremos hipsters del todo hasta que no nos aventuremos a coger una bicicleta —y si es fixie muchísimo mejor— y nos fundamos entre sus empedradas calles. Ideal para ecologistas y apasionados del slow-life. Aquí los tacones los relegamos al cajón del olvido, queremos pedalear, callejear, caminar por sus jardines, sus parques, oler tulipanes, cantidad de tulipanes… Como decía el poeta Federico García Lorca, ‘Verde que te quiero verde’.

Y no terminaremos de ser hipsters si no nos las damos de buenos foodies, esos seres que van de restaurante en restaurante con la intención de catarlo absolutamente todo. Además el hipster no sólo come con los ojos si no que le otorga una gran importancia al emplazamiento. Les recomendamos una curiosa combinación de café y arquitectura todo ello maridado con buenas dosis culturales, Noorderparkbar. Y deguste un chai tea latte mientras lee al magnífico Kafka. Pero no sólo de café vive el hipster, homenajéese con un brunch en Piqniq, esa comida que bien podría ser un desayuno tardío o un almuerzo/comida para tempraneros. Hipster a más no poder.

Acabaremos nuestra ruta holandesa por todo lo alto. Café, copa y puro. Pero que conste que no queremos hacer apología de tan cuestionados hábitos. Cada cual que escoja… Lo que sí vamos a hacer es una recomendación de la coctelería más top secret de la ciudad, Door 74. Este excéntrico pero sofisticado pub sólo impone una breves normas: nada de llamadas por teléfono (mejor, hemos salido de viaje, no a marear al personal), no coquetear con los demás clientes (es lo propio, no los volveremos a ver), prohibidos los sombreros (tranquilo, a la salida se lo vuelve a poner) y mantener un nivel de conversación bajo (mejor, así aprendemos a escuchar más y a hablar menos). Remata esta única experiencia pidiendo un ‘Her name was Lola’.

Si todavía no lo es, le aseguramos que durante su estancia en la ciudad, se habrá dejado embriagar tanto por la cultura hipsteriana que tan sólo deseará adquirir una bicicleta fixie —esta cuya estética es de bici de carreras y cuyos frenos brillan por su ausencia— y deshacerse de su maquinilla de afeitar o bien armarse de valor con ese peinado desenfadado (pero totalmente analizado) y abandonar esos dichosos tacones. Y es que hay modas que tienen sus cosas buenas y si vienen de Ámsterdam, doblemente mejor.

Fuente: www.traveler.es