Ibn Khadun, gran historiador medieval árabe, describía así a esta inabarcable ciudad:

“El Cairo es la metrópolis del Universo, el jardín del mundo, el hormiguero de las especies humanas, el trono de la realeza, una ciudad embellecida con castillos y palacios, su horizonte decorado con monasterios y escuelas, e iluminado por las lunas y las estrellas de la erudición”

El Cairo, tal y como lo conocemos hoy, atesora toda la grandeza que cabe imaginar y más aún. Tanta como le permite el hecho de haberse convertido en una urbe moderna, la mayor de África y del mundo árabe. Sus 16 millones de habitantes convierten a esta magnánima urbe en la undécima urbe más poblada del mundo. Se sitúa en la cabecera del delta del Nilo. Es la capital política y económica de Egipto.

La plaza Tahrir constituye la parte céntrica moderna de la ciudad. En Egipto todo es magnánimo, como es el caso de su Museo Egipcio y el de Arte Moderno. En cuanto a la zona centro histórica, destacar el barrio Copto, la Ciudadela de Saladino y el Jan el-Jalili. No obstante sin lugar a dudas, el plato fuerte son pirámides de Guiza, ubicadas a unos 20 kilómetros al suroeste de El Cairo.

El Cairo

Estas tremendísimas construcciones se asemejan a montañas en la inmensidad del desierto. Edificaciones de unos 150 m de altura que nos hacen poder vislumbrarlas desde la lejanía. Y es en ese instante, mezcla de fascinación y éxtasis viajero, cuando nos cuestionamos aquello que se lleva cuestionando la humanidad durante los 4500 años que llevan erguidas. Cómo, de qué manera, pudieron las manos de miles de hombres, subir toda aquella cantidad de piedra a esas alturas. Es tal el desconcierto que nos limitamos a caminar hacia ella con ganas de embriagarnos de esencia egipcia.

La pirámide de Kefrén es la única que conserva en su cúspide parte del revestimiento que hacía que sus caras fueran perfectamente lisas. El impulsor de tal obra fue el rey del mismo nombre la cual fue edificada sobre una ligera elevación del terreno para visualmente diera la sensación de abarcar un tamaño mayor que la de su padre, Keops.

Incluso Micerino, la más menuda de las tres, parece grandiosa pese al socavón que luce en un lateral debido a un intento fallido de saqueo. Tratamos de acceder a su interior y descendemos a través de un reducido pasillo hasta la cámara mortuoria, ubicada en el subsuelo de la pirámide. Una experiencia que mentalmente convertimos en aventura mientras imaginamos cómo debieron ser aquellos pasadizos en su época gloriosa.

Otra de las joyas de la corona, la Gran Esfinge. Una titánica escultura esculpida en piedra  en el siglo XXVI A.C. Su envergadura es de 60×20 metros. Los historiadores sostienen que se trata de la cara de Keops sobre un cuerpo de león. Pese a lo que se pueda pensar, el hecho de que haya quedado cubierta periódicamente con arena del desierto, la ha estado protegiendo de un cruento deterioro. Este hecho natural unido a diversas restauraciones, logra que en la actualidad su conservación sea bastante aceptable.

Existe un instante, cuando contemplamos el rostro de la Gran Esfinge con las pirámides de fondo, en que sentimos que el concepto de belleza cobra todo su sentido y, allí, con la mirada hipnótica de aquel que descubre algo por primera vez, tratamos de captar toda su esencia con temor a parpadear y perdernos algo, por pequeño que sea.

Extasiados con tales estampas, optamos por un recorrido urbano por El Cairo. La primera impresión que percibimos es de ciudad cosmopolita, moderna, multicultural, plagada de actividad, calurosa y bochornosa y con un tráfico caótico. La presencia del río Nilo le otorga un enorme encanto.

Como viajeros empedernidos que somos, hemos visitado otros museos en los que la presencia de obras egipcias se hacía patente y nos hemos deleitado en ellas con fruición. Es por ello que el Museo Egipcio nos resulta indescriptiblemente atractivo, pues si bien lo que nos espera en su interior es altamente motivador, su fachada es realmente bella. Un hermoso edificio construido en 1902 en la céntrica y simbólica plaza Tahrir.

A lo largo y ancho de sus dos plantas vislumbramos antigüedades de todos los períodos de Egipto, así como de las épocas griega y romana. Allí se encuentra el tesoro de Tutankamon, un elemento imprescindible que sobrecoge por su fastuosidad. Qué decir de la sala donde se encuentran las momias. Nos encontramos con los grandes faraones del Egipto antiguo cara a cara. Fascina caer en la cuenta de que llevan existiendo unos 4000 años.

No por describir minuciosamente cómo es esta deslumbrante metrópoli, lograremos entender todo lo que representa para el mundo actual y, cómo no, para el antiguo. En términos históricos, una civilización como no ha habido otra igual. Descubra cómo hemos llegado a ser lo que somos y, como dijo el historiador árabe, Ibn Khadun, desenmascare ese “horizonte iluminado por las lunas y las estrellas de la erudición”.