La ciudad se asoma con entusiasmo al Mediterráneo. No lo mira con recelo, como en tiempos pasados, ya ha aprendido a vivir de él y con él. No hablamos de una ciudad cualquiera. En el siglo XIII fue uno de los centros comerciales del mundo, y aunque en los tres siglos posteriores perdió esta hegemonía, lo suplió con creces gracias a las habilidades de sus habitantes con las finanzas.

Génova, la ciudad que por su encanto encandila a todos y cada uno de sus visitantes; la ciudad de trazados medievales y de callejuelas misteriosas; la ciudad que un día fue el centro del mundo y que aún hoy en día conserva edificios ricos y suntuosos, transformados en museos y galerías de arte.

Si algo hay que destacar en la historia de esta ciudad es el conocido como “Siglo de Oro de los genoveses”, un momento en el que toda la economía pasaba por esta ciudad del mediterráneo. Como se decía entonces: “el oro nace en América, muere en España y recibe cristiana sepultura en Génova”. Eran los dueños del mundo.

Pasado y futuro
Génova ha cambiado mucho a lo largo de los años. Su Puerto Viejo, donde en siglos pasados vociferaban los comerciantes y se anunciaban la llegada de barcos cargados de metales preciosos, ahora es un paseo animado, con un gran número de cafeterías y restaurantes.

Y es que, como sucede con otras ciudades del viejo continente, en Génova conviven pasado y futuro, palacios medievales con edificios modernos, grandes avenidas con estrechas calles (allí las llaman “carruggi”), el acuario más grande de Europa con el Palazzo Ducale, construido en el siglo XIII. Son los contrastes de una ciudad que no quiere dejar de vivir el presente, sin olvidar el pasado.

Prueba de ello es el barrio Strade Nuove, hoy Via Garibaldi, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2006 por el conjunto de palacios representativos de la sociedad mercantil del siglo XVI, destacando el Palacio Rosso, Palacio Bianco y Palacio Doria Tursi. Palacetes de tres pisos y fachadas decoradas con medallones estucos y con grandes patios, algunos de ellos convertidos en galerías de arte. Pasear por estas calles es como trasladarse a una ciudad de comerciantes, navegantes y banqueros del Renacimiento italiano.

A pocos pasos del centro histórico, encontraremos los Pórticos de Sottoripa y la Iglesia de Santa Maria di Castello. Pero si algo nos va a impresionar cuando visitemos Génova será la Catedral de San Lorenzo, por su exuberante fachada, decorada con franjas horizontales blancas y negras, y donde los genoveses presumen de tener el Santo Catino o el Santo Grial.

En definitiva, Génova es uno de los tesoros ocultos de Italia, donde miles de otras sorpresas nos asaltarán en cada esquina de esta maravillosa y sorprendente ciudad.

Francesco Petrarca decía de Génova: “una ciudad real, frente a una colina, orgullo de hombres y muros, todo ello se junta para llamarla la señora del mar”.