Granada tiene dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, mil y un surtidores y cien mil habitantes”, ya lo dijo Federico García Lorca. Y no sólo el célebre escritor ha pronunciado tan bellas palabras de este pedazo de paraíso arquitectónico y cultural de España. La Alhambra, una ciudad palatina andalusí que no es sino un rico complejo palaciego y fortaleza que alojaba al monarca y a la corte del Reino nazarí de Granada. Una maravillosa edificación idolatrada por todo aquel que la visita. Les relatamos una anécdota curiosa del complejo andalusí. Para muchos es un mero grafitti, para otros todo un misterio en forma de rúbrica. La firma de Alonso Cano (1601-1667) encontrada en el Mirador de Lindaraja, junto a la Sala de las Dos Hermanas del Patio de los Leones de la Alhambra.

Alhambra de Granada

La Alhambra, “de tan original y sugestiva belleza, que ni aun el inventario excesivamente detallado de sus diversas partes sería capaz de ahuyentar de la imaginación del lector el mundo de seres poéticos que aún parece poblarlo” en palabras de Leopoldo Torres Balbás, célebre arquitecto y arqueólogo español, ha atraído a lo largo de su historia a numerosos artistas de todas partes del mundo y de las más variadas disciplinas. La etapa de los viajeros románticos en el siglo XIX es el mejor ejemplo de este hecho, pero ya antes era la fortaleza de los nazaríes conocida y admirada como lo demuestran las memorias del primer “turista” que visitó Granada en octubre de 1494, el alemán Jerónimo Munzer,  que relata cómo vio “palacios incontables enlosados con blanquísimo mármol, bellísimos jardines adornados con limoneros y arrayanes, con estanques y lechos de mármol en los lados, … y en cada palacio muchas pilas de blanquísimo mármol rebosantes de agua viva”.

Alonso Cano de Almansa, nacido en Granada en 1601, era hijo de un ensamblador de retablos de origen manchego. Siendo aún un niño, la familia se traslada a Sevilla, donde comienza a formarse en el arte de la pintura en el taller de Francisco Pacheco, compartiendo formación con “un tal” Diego Velázquez. La escultura la aprende nada menos que del “dios de la madera”, Juan Martínez Montañés. Su talento le sirvió para trasladarse a la Corte en 1638, donde es nombrado pintor de cámara de Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, el mismísimo Conde-Duque de Olivares, el hombre más poderoso de España en el siglo XVII.

FIRMA DE ALONSO CANO EN LINDARAJA, LA ALHAMBRA

La reciente restauración que el Servicio de Conservación del Patronato de la Alhambra y el Generalife ha llevado a cabo sobre las yeserías que decoran el Mirador de Daraxa o Lindaraja —situado en la Sala de los Ajimeces del Palacio de los Leones y contigua a la de Dos Hermanas— ha dejado al descubierto la belleza y colorido de sus acabados polícromos que el tiempo, el polvo y la suciedad habían ocultado. Una vez abierto de nuevo al público los visitantes podrán observar, a parte de su bella cubierta de comaraxías, un garabato en el yeso blanco. Mirándolo detenidamente se lee “Alonso Cano, año de 1658”.

No es, como se podría pensar, una costumbre “bárbara” de tiempos modernos aquello de “firmar” los monumentos. Lo mismo que hoy en día hay quien encuentra gracioso dejar testimonio de su paso en los muros de los edificios patrimoniales, en el pasado también era costumbre. Muy cerca de donde nos encontramos, en uno de los mismísimos leones de la fuente del patio, el viajero romántico Richard Ford, que visitó Granada en 1831, no tuvo inconveniente alguno en dejar su rúbrica. Pero parece que ya antes el genio de las artes granadino también quiso dejar constancia de su visita y, quizás, su admiración por tan delicioso enclave, obra cumbre de la arquitectura nazarí. En el mencionado año de 1658, Cano había regresado ya a la ciudad que lo vio nacer para ocupar el cargo de racionero del Cabildo catedralicio por intercesión de Felipe IV contra los deseos del arzobispo granadino, por lo que por la fecha no se podría descartar la autenticidad de la firma, aunque bien podría un presunto falsificador posterior indagar en la biografía de don Alonso para hacerla más creíble.

Sea como fuere, original o falsa, ha quedado al descubierto y no se ha eliminado, creemos, ya que esta “alteración” provocada por la mano del hombre también forma parte de la historia y la evolución del monumento. Por último, al lector que visite la Alhambra y se vea tentado de emular a Cano, recordarle que no se deben tocar las decoraciones, ya que a largo plazo el continuo roce de las manos causa graves daños en estas. A Don Alonso solo se lo perdonamos porque han pasado 355 años.

Fuentes:

El último Reino